lunes, 11 de junio de 2007

ABCD, Las artes y las letras. Suplemento cultural, diario ABC. Semana del 9 al 15 de junio de 2007

ABAJO, ARRIBA
Muchas veces en literatura el mayor esfuerzo no se mide en número de páginas, sino en lo contrario. María Tena ha logrado mucho contenido encerrado en un estilo sobrio, tensado al milímetro, donde lo narrativo ha evitado la disgresión innecesaria o el desarrollo de lo implícito. Dice mejor un sentimiento de diferencia de clase el modo como un personaje vive su escasa destreza al comer unos tallarines que mil discursos sobre abismos sociales.
Esa escena es emblemática de lo que Todavía tú exhibe como mejor arma: poder decir mucho a partir de lo que el lector edifica y no necesita que se le desarrolle. Claro que el tema debe a Marsé, como la autora reconoce al final, pero hay que saber decirlo de modo propio. Y María Tena lo ha conseguido. Por eso mismo el único reproche que al libro cabría hacerle es haberse saltado al final su regla de oro, con la explicitud de la escena del reencuentro con Inés, que la historia no necesita. La agnórisis que lo explica todo, con la consiguiente caída del héroe en un destino que se impone fatal, habría ganado a mi juicio si acabara como venía siendo dada a lo largo del libro: implícitamente, sugerida en los miedos del arquitecto o en los atisbos que ofrece la organdad de Marina; en todo caso, asociaciones puestas por el lector que pierden cuando la autora decide ejecutarlas directamente. La novela y la tragedia no exigen el mismo cauce para un mismo resultado. Es una lástima ese quiebro final de la trama y la necesidad de que todo se explique o cumpla. La novela ganaba más siendo abierta, como la vida.
ESCRITORA DE CALIDAD. Además de la sobriedad y su estilo de frase, terso, aparentemente sencillo pero esculpido con mucho trabajo, otra arma que María Tena ha tenido para mostrar que es escritora de calidad ha sido la forma en que ha evitado ciertos peligros proporcionados por la historia: la aventura del hombre mayor con la jovencita en un encuentro fortuito en el hotel durante un congreso era recorrido plagado de curvas peligrosas. María Tena parece saberlo y ha dado de inmediato un giro sobresaliente al libro: no importa tanto la historia actual y la posible anécdota amorosa como el flujo latente que la vida del arquitecto va haciendo emerger a partir de este resorte. Una vida de aspiraciones, logros, renuncias, mideos del protagonista, quien a la altura de su línea de sombra, cuando las frases de una vida han sido ya pronunciadas, quiere recuperar su sintaxis, vivirla de nuevo, comprenderla en todo caso.
La introspección que María Tena logra en su protagonista masculino es de una gran sutileza psicológica. Ni se evitan complejidades machistas en ciertos pensamientos de héroe (p. 56), ni se le reduce a un esquema simple tampoco en ese territorio, ni en el otro, el núcleo principal de su ascenso social. Tiene el personaje todos los repliegues de la complejidad, como los tenía el adolescente que quería salir del hoyo al que su origen y orfandad le habían condenado. Son impagables las dos figuras femeninas de mujeres mayores perdedoras de la vida: la madre, cuyo silencio es un mecanismo que la novela ha convertido en soberbio altavoz, y el de Sara, la viuda que lo inicia en el sexo. La solidaridad última de ambas mujeres en su arrabal vital resulta asimismo excelente.
VERANO NO AZUL. La dimensión de la obra puede llevar a la conclusión engañosa de su facilidad. Por eso destaco que es narrativamente una maquinaria muy eficaz, que maneja con habilidad digna de elogio los distintos planos temporales, ya que la historia avanza y retrocede varias veces, desde la actual madurez del aparente triunfo (con una vida familiar burguesa americana llena de huecos y mentiras), hacia el verano no precisamente azul de la adolescencia, cuando cuajó la determinación del héroe, vinculada a su amor por Inés, de salir del pelotón de los perdedores.
Hay un contexto social de la España del final del franquismo y la transición, hasta la actual, que en la novela se traduce en dos espacios nucleadores, el del pueblecito de la costa del Cantábrico, cerca de los acantilados de Ruiloba, y el Madrid de la nueva arquitectura en la Castellana. Hay una serie de excelentes descripciones de paisaje, y pequeñas anédotas o detalles narrativos, como que Marina no presente al arquitecto a su conocido, en el encuentro en el café, y otros muchos, que van cumpliendo cada uno su lugar con la naturalidad (tan difícil siempre) de las novelas bien escritas.

José María Pozuelo Yvancos